sábado, 14 de enero de 2012

Karma

Una boca entreabierta, olor fétido. Un cuerpo frío. Duro. Sin vida. Los cuerpos cuando la vida los abandona se ponen fríos y duros. Como piedras. La vida es calurosa y blanda.

La mujercita tenía sueños en los ojos claros, velados de realidad, cargados de anhelo.
Tenía ardillas en los codos y dulce en las comisuras. Tenía agua fresca en la boca y fresas en los bolsillos. Tenía risa en la nariz y brazas en los ojos.
La muerte llegó salpicando llagas. Mató al padre agujereó a la niña. El hueco se instaló profundo en una cavidad de sus entrañas, llenándose de pus mientras crecía. La podredumbre habitó feliz en ese cuerpo recio de perfectos dientes.
La mujercita tenía ramas de luz en lo hondo y látigos de rabia afuera.
Quebró sus patas para sentir alivio, se arrancó los huesos para amenguar el dolor, se mordió las yemas…
El ardor infecto venció a las pobres ramas y envolvió al cuerpito decadente. Fulminó el fondo de las entrañas contaminadas por el tiempo Más tarde y en el viento las llagas se sosegaron con miel. La mujercita apretó los ojos contra el suelo y lamió restos de calostro nuevo.